Primera Ley: TODO ES POSIBLE.
Segunda Ley: SI QUIERES RECIBIR ALGO, ENTRÉGALO.
Tercera Ley: CADA VEZ QUE TOMAS UNA DECISIÓN, CAMBIAS EL FUTURO.
Cuarta Ley: NO DIGAS QUE NO; DÉJATE FLUIR.
Quinta Ley: SIEMPRE QUE QUIERES O DESEAS ALGO, SIEMBRAS UNA SEMILLA.
Sexta Ley: DISFRUTA DEL VIAJE.
Séptima Ley: ESTÁS AQUÍ POR UN MOTIVO.
El día que escribí estas breves frases no dediqué mucho tiempo a pensar en ellas, pero después me di cuenta de que si a mí me hubieran enseñado estas siete frases cuando era niño, mi vida habría sido profundamente diferente. Yo habría sabido algo precioso y práctico al mismo tiempo, algo que no habría ido olvidando como las lecciones de la infancia, sino que habría ido madurando año tras año como entendimiento espiritual.
El sustento más profundo que puedes dar a tu hijo es el sustento espiritual. No estoy hablando de obligar a tus hijos a aceptar unas reglas establecidas, del mismo modo que les enseñamos a ser «buenos» so pena de recibir un castigo. Cada una de las Siete Leyes Espirituales debe comunicarse no como una regla o un precepto rígido, sino como tu propia manera de ver la vida. Como padre enseñarás con mucha mayor eficacia en virtud de quién eres, que en virtud de lo que dices. Esto forma parte, por sí mismo, de la perspectiva espiritual.
Desde el día en que nace tu hijo, tú eres un maestro de espíritu. Si creas un ambiente de confianza, de apertura, de ausencia de juicios de valor y de aceptación, estas cualidades serán absorbidas como cualidades del espíritu.
En un mundo perfecto, la paternidad se podría resumir en una sola frase: Enseña sólo amor, sé sólo amor. Pero en el mundo con el que todos tenemos que conformarnos, los niños se crían para tener que afrontar muchas conductas carentes de amor, sobre todo fuera de su hogar, pero también a veces dentro del hogar. En vez de preocuparte de si estás provisto del amor suficiente para poder ejercer de maestro espiritual, considera que la espiritualidad es una habilidad propia del arte de vivir, pues en efecto lo es. Yo creo que estas habilidades se deben ejercer tan pronto como sea posible por cualesquiera medios que el niño pueda comprender.
Recién Nacido: de 0 a 1 año
Palabras claves: AMOR, AFECTO, ATENCIÓN
Niño pequeño, de 1 a 2 años
Palabras claves: LIBERTAD, ALIENTO, RESPETO
Si sientes seguridad en tu edad adulta, se debe a que no fuiste acondicionado por el miedo en algún momento de tu infancia antes de cumplir los dos años; a que, en lugar de ello, te alentaron para que te expansionases sin límites, para que valorases la libertad a pesar de las heridas que puede hacerse un niño con cierta frecuencia cuando se da golpes con las cosas de este mundo. No es lo mismo caerse que fracasar; no es lo mismo hacerse daño que llegar a la conclusión de el mundo es peligroso. Hacerse daño no es más que un medio del que se sirve la Naturaleza para decir al niño dónde se encuentran los límites; el dolor existe para enseñar al niño pequeño dónde comienza y dónde termina el «yo», para ayudar a niño a evitar posibles peligros tales como el de quemarse o el de caerse por las escaleras.
Cuando los padres distorsionan este proceso natural de aprendizaje, la consecuencia es un sentimiento de dolor psicológico, ajeno a lo que pretendía la Naturaleza. El dolor psicológico establece unos límites que no podemos cruzar sin sentir una angustia profunda sobre el estado de nuestro propio ser. Si un niño asocia el dolor con la idea de que es malo, débil o incapaz de valerse por sí mismo, o con la idea de que está rodeado de amenazas constantes, no le quedará sitio para su desarrollo interior. Pues, cuando NO hay un sentimiento de seguridad, el espíritu resulta inalcanzable: la persona se dedica constantemente a intentar sentirse seguro en este mundo y nada más, pero esa seguridad no se puede conseguir sin superar lo que ha quedado grabado en la mente durante la primera infancia.
Prescolar, de 2 a 5 años
Palabras claves: MERECER, EXPLORAR, APROBAR
Espiritualmente, el valor de la etapa prescolar estriba en que el poder es espiritual: sólo la distorsión del poder genera problemas. Por lo tanto, en lugar de intentar reprimir el ansia de poder de tu hijo, lo que debes hacer es canalizarla hacia tareas y desafíos que le enseñen equilibrio. Si no se le aporta equilibrio, la sed de poder de un prescolar acabará en dolor, pues sus vivencias consisten en gran medida en una ilusión de poder.
Un niño de dos años que da voces sigue siendo una persona muy pequeña, vulnerable y poco formada. Por amor al niño, debemos permitirle que mantenga esa ilusión de poder, porque queremos que se desarrolle como una persona fuerte y capacitada que se sienta a la altura de cualquier desafio que se le presente. Este sentido de la autoestima no se desarrolla si el sentimiento de poder se anula o se reprime en esta etapa. »



2 comentarios
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